23 may. 2010

Pasatiempos de Srila Prabhupada

Prabhupada nunca carecía de interés por cualquier cosa que estuviera relacionada con el movimiento de conciencia de Krishna. Si a veces no respondía a la pregunta de un discípulo, era una muestra de su gravedad, instruyéndonos con su indiferencia.



Era indiferente a su propia salud y en su deseo de propagar la conciencia de Krishna no descansaba lo suficiente para alguien de su edad. Estaba siempre viajando porque no podía permanecer indiferente a las almas caídas ni a sus discípulos. Gracias a su prédica y a sus viajes había creado el movimiento internacional para la conciencia de Krishna y se había colocado en el centro del movimiento como su defensor, así que no podía mantenerse al margen. Decía que cuando a un cuerpo se le corta un dedo, el cuerpo entero sufre. Cuando el templo de Argentina fue cerrado por el gobierno, Prabhupada se preocupó y escribió en sus significados Bhaktivedanta que estaba preocupado del mismo modo que Vasudeva: Vasudeva sabía que su hijo Krishna no podía ser lastimado, pero esa ansiedad era producto de su estado extático de protección paternal.



A Prabhupada no le importaban los comentarios negativos sobre la conciencia de Krishna que aparecían en los periódicos, sobre todo porque veía su lado positivo: los periódicos mencionaban a Krishna. Se ocupaba de muchas cosas, sin embargo en el nombre de Krishna era también indiferente. Aunque entraba constantemente mucho dinero, a Prabhupada no le interesaba poseer nada. Decía que sus derechos de autor por haber escrito tantos libros era tomar dos capatis al día. Estaba desapegado de la mansión Fisher que compramos en Detroit al igual que de las otras mansiones. Le eran indiferentes los libros que se escribían acerca de él. Sólo quería que se glorificara a Krishna. Tampoco estaba demasiado interesado en conocer a las grandes personalidades del país. Cuando alguien le decía: -¿Por qué no intenta entrevistarse con el presidente Nixon y le dice estas cosas?-, Prabhupada respondía: -¿De qué serviría?-. Estaba preparado para reunirse con el Papa, pero cuando sus agendas no coincidían tampoco lo buscaba. Sabía que posar en una foto con un jefe de estado no significaba nada.

Y por supuesto era indiferente a los encantos de las mujeres. Veía a sus discípulas como hijas y nietas y respetaba su servicio hacia él. Y aunque las veía como almas espirituales, no se reunía tanto con ellas como con sus discípulos hombres. No le interesaba sentarse con mujeres o mirarlas para disfrutar con ello.

Era indiferente a cualquier invitación para visitar las ciudades a las que viajaba. No deseaba ir a los centros de las ciudades, ni a los lugares turísticos, ni a los centros comerciales, y jamás iba al cine o a competiciones deportivas de ninguna clase. Le gustaban los parques porque podía pasear cantando japa por las mañanas, y también las grandes salas de reuniones de las ciudades si había allí una audiencia que quisiera oírle hablar sobre la conciencia de Krishna. O le interesaba un edificio como posible compra para ser convertido en un templo. Pero aunque visitó ciudades seductoras como Nueva York, Londres o París, jamás le interesó ir a las bibliotecas, palacios, museos o visitar las bellezas naturales como cuevas, cataratas, playas o montañas. Esas cosas no tenían ningún atractivo para él. Prefería una sencilla habitación con una mesa baja para poder hablar con invitados o estar con los devotos y poder así difundir la conciencia de Krishna. Pero si por su servicio se veía atrapado en situaciones de opulencia o distracción, se volvía indiferente a la circunstancia.

Sobre todo durante los primeros años en América, Prabhupada era indiferente al hecho de que sus anfitriones en Pennsylvania comieran carne o que se tuviera que trasladar a un infierno del mundo material conocido como el Bowery. Era indiferente al hecho de que sus discípulos hubieran sido pecadores antes de convertirse en devotos. En tales situaciones, él aceptaba y toleraba y estaba desapegado incluso del deseo de encontrarse en entornos más espirituales como son los lugares santos. Le era indiferente que un lugar fuera o no santo siempre que pudiera predicar en él.

Su dieta era sencilla y no estaba interesado en las comidas especiales que podían ofrecerle los italianos, los franceses o los norteamericanos. Incluso dentro de la dieta hindú, que era su preferida, no le gustaba tomar comidas extravagantes, sino cosas sencillas como arroz simple, dal, capatis y sabji.

Le era indiferente la ropa y no le gustaba lucir bufandas llamativas, cadars llenos de colorido o zapatos, abrigos y sombreros especiales. Siempre mantuvo su sencilla ropa de sannyasi. En cambio sí le gustaban las ropas alegres para las Deidades de los templos y las oportunidades de gastar dinero en la construcción de edificios maravillosos o en nuevas maneras de propagar la conciencia de Krishna, como los dioramas (las exhibiciones de estatuas de pasatiempos de Krishna y pasajes de la filosofía). También le gustaba y apreciaba la máxima calidad en la impresión de sus libros y en la reproducción en color de las pinturas. En estas cosas, incluso en su aspecto mundano, Srila Prabhup€ada era un conocedor, alguien que sabía apreciar la calidad, y pedía a sus devotos que compitieran en el mercado para conseguir lo mejor y al mejor precio; debían obtener los mejores negocios y los mejores productos para utilizarlos al servicio de Krishna.

Satsvarupa dasa Goswami

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